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Sentimientos encontrados me ha producido esta película de Sean Penn, ni mejor ni peor que las anteriores, aunque eso sí, mucho más vistosa. Sentimientos sustentados en la tan diferente impresión que me ha causado el buen trabajo de Emile Hirsch, y por otro lado su personaje, Alex Supertramp.
A todo esto, a Gay Harden y Hurt no se les hace mucho caso. Mucho llanto, poca línea. Se remarca la mala influencia de los padres en el joven como detonante. Y cierto es, algunos padres son auténticas cadenas al cuello. Como dijo aquel: la diferencia entre padres e hijos es que los hijos crecen y dejan ese rol, pero los padres nunca abandonan su papel de padres.
Así que Alex se deshace de sus posesiones materiales y se va a lo salvaje. A partir de aquí mi empatía por el chico empieza a debilitarse. Alex se ha creado una filosofía de vida adornada de variados aforismos lapidarios y en ocasiones bastantes objetables, satanizando cualquier derivado de la sociedad industrial en su concepción de lo que debe de ser la vida. Proyectando en el mundo sus conflictos internos, llevándolos al extremo. Un idealista fanatizado. Un fanático idealista.
Y entre medias mucho plano épico, mucho del protagonista subido a una loma con los brazos extendidos, mucha narración lírico-luctuosa, mucho Eddie Vedder jodiéndome los altavoces del portátil.