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Uno se siente como una vaca más por en medio de los frondosos bosques vascos, observando en silencio cómo se comportan los miembros de estos caseríos, enfrentados los unos con los otros por apuestas, envidias y celos; mientras se asiste a la "lúcida locura" del patriarca que enseña a sus nietos a amar la pintura, las vacas y a la naturaleza, mientras en su conciencia chirría el recuerdo de un hecho por el que muchos le acusan de cobarde.
Un alegato contra el sinsentido de las guerras y la violencia, basado más en los gestos y los sentimientos que en las palabras, con imágenes impactantes, especialmente las de los cadáveres de los soldados desnudos viajando hacia una fosa común en un carromato. Y un homenaje a la tierra vasca y algunas de sus costumbres ancestrales.
Lo difícil, como siempre en el cine de Medem, es captar el significado de todas sus metáforas y simbolismos. Al menos yo me pierdo un poco en esos momentos. Lo fácil y placentero, dejase cautivar por su talento para crear imágenes bellísimas y personajes perturbadores.
1993: Goya mejor director novel. Premiada en Montreal y Tokio